
MANUEL GARCIA PEREIRA
Los cines, tal y como los conocemos hoy en día, surgieron durante la primera década del Siglo XX, en todo momento siendo conocidos como espacios populares y accesibles donde compartir momentos de sociabilidad en torno a un nuevo arte. Es por ello por lo que, en este texto, se buscará hacer un breve repaso de las formas que han ido adquiriendo los cines a lo largo de la historia, y sus implicaciones respecto a la accesibilidad de un arte que históricamente ha sido creado para el disfrute de todo tipo de clases sociales.
A lo largo de la historia ha existido en la industria de la exhibición diferentes grados de concentración y organización, pasando de pequeños barracones en ferias, cafés o salones de variedades, que estaban adquiridos o alquilados por los propios feriantes o empresarios de vodevil, y donde era común que se combinasen las proyecciones con otro tipo de actividades, ya fuese actuaciones o música en vivo.
Rápidamente, debido a su creciente popularidad, el cine se asentó como alternativa de ocio y comenzó a tener espacios más exclusivos. Debido a ello, se convirtió en un negocio comercial urbano, donde las salas se dividían entre los grandes “palacios de cine” situados en el centro de las ciudades, propiedad de grandes cadenas locales, y los cines de barrio, que, aunque tuvieron su periodo de máximo esplendor a partir de los 40, a menudo operaban bajo propiedad de exhibidores independientes. Ambos marcarían por completo la exhibición durante las próximas décadas. Sin embargo, a nivel industrial estructural, la propiedad de estos cines sí que fue objeto de cambio. En su inicio, mientras que en EE. UU. la conformación de los grandes estudios de Hollywood, durante los años 20 hasta los 40, implanta un sistema de integración vertical donde eran dueños de la película, actores y de las salas donde se proyectaban, modelo que dura hasta 1948, momento en el cual se obligó a los estudios a vender sus salas para evitar monopolios, lo cual dio paso a una reconfiguración de los cines hacia una descentralización del sector dirigida a un enfoque de mayor calado local. Esto, en cambio, no se replica tanto en Europa como en España, ya que se observa una mayor heterogeneidad. En España, por ejemplo, encontramos empresas nacionales o familias propietarias de los cines como los Reyzábal con el Cine Callao de Madrid.
Sin embargo, a partir de los años 50, con la decadencia del sistema de estudios y la aparición de la televisión, las salas de exhibición entraron en crisis y se vieron obligados a reestructurarse. Los grandes palacios empezaron el proceso de subdivisión de sus gigantescas salas en otras de menores capacidades de cara a ofrecer mayor variedad de películas, mientras que los cines de barrio aguantaron durante los años 60-70 pero con cada vez también progresivo desgaste. Todo esto en un contexto en el cual la dinámica capitalista de reestructuración neoliberal también observa su reflejo en el sector de la exhibición, ya que a partir de los años 80, con el renacer, expansión y homogeneización del cine como un negocio multimillonario y, ante la decadencia y progresiva desaparición de los modelos hasta entonces vistos, aparecen las primeras cadenas de exhibición, las cuales crearon el concepto de multicines en las afueras y en centros comerciales, promoviendo la actual idea de entender estos complejos como espacio para el consumo exacerbado. Es, por tanto, la dinámica iniciada en los ochenta la que ha ido derivando en la creciente conformación de conglomerados internacionales, y en los cuales su funcionamiento viene determinado por las grandes multinacionales líderes del sector, o donde los fondos de inversión también tienen participaciones. En este sentido, el espacio para cines independientes y de pequeña escala queda relegado a la marginalidad en favor de una industria corporativista globalizada. En este sentido, en España observamos como, por ejemplo, la principal cadena a nivel nacional, Cinesa, filial del grupo Odeon Cinemas Group y perteneciente a la multinacional estadounidense AMC Theatres, que tienen grandes vínculos con fondos de inversión, entre los cuales se encuentran The Vanguard Group o Black Rock, ostenta, según datos de la CNMC, a nivel nacional entre el 20-30% de la cuota de ingresos y espectadores, y a nivel, por ejemplo, de la Comunidad de Madrid, entre el 40-50%. Si a todo ello le sumamos los acuerdos de programación que tiene con empresas como Kinépolis, representan entre ambos el 50-60% de la cuota. Todo ello a su vez se complejiza en mayor medida si rápidamente mencionamos que, añadido a este grado de concentración, también habría que sumarle el del sector de la distribución, para el cual ya en el año 2013 más del 70% de las películas para las grandes cadenas de exhibición, provenía de cinco proveedores, Walt Disney, Warner Bros, Universal, Sony Pictures España, filiales de las grandes “majors” norteamericanas.
Ahora bien, toda esta reestructuración y cambio en el modelo, ¿Qué ha supuesto para la accesibilidad de las clases populares a las salas de proyección? En un intento de observar la evolución del precio de las entradas, teniendo en cuenta la complicación que supone y, apoyándome de un estudio colaborativo de Luis Deltell y sus alumnos, de la Universidad Complutense de Madrid, acerca del precio del entre 1930 y 2012, y en un texto de Luis Alemany, se observa como aquellas entradas que en el año 1958 costaban una media de 19,50 pesetas en cines de estreno o 6,25 en un cine de sesión continua, convirtiéndolas a euros y actualizando a precios del año 2015, como periodo de mayor estabilidad monetaria, observamos que equivaldría a 4,93 euros y 1,64 respectivamente. A partir de estos datos estaríamos observando, por tanto, un encarecimiento del propio acceso a las salas de cine como actividad social y recreativa, lo cual, en los últimos años, dada la inestabilidad económica en que nos encontramos, se ha visto crecientemente agravado, llegando a nivel español a máximos históricos.
Precio de las entradas (1958-2025)

Esto se vería incluso exacerbado si tenemos en cuenta las divergencias que ocurren a nivel nacional, ya que ciudades como Madrid, mayor núcleo urbano, la entrada en un Cinesa en fin de semana puede llegar a alcanzar precios de alrededor de los 12 euros mientras que hacer la misma actividad, según datos de SGAE y BoxOffice, en Burgos rondaría los 7.7 euros.
Es por ello que, en un contexto de cada vez mayor incertidumbre, actividades de carácter lúdico y sociales como la asistencia al cine, aun manteniendo su carácter de mayor accesibilidad de entre todas las artes, ha visto como recientemente se ha ido encareciendo de forma continuada su accesibilidad, todo ello en un momento en el cual el propio sector cinematográfico, tanto a nivel de producción, distribución como exhibición está en una creciente oligopolización derivado de la cada vez mayor competencia de las plataformas de streaming.




