Desde el antiguo Irán de hace miles de años hasta el Irán civilizado de hoy, el espíritu de Irán permanece vivo e inquebrantable. Llegamos a Los Ángeles con orgullo, competimos con deportividad y dejamos esta ciudad con honor. Los Ángeles, gracias por su hospitalidad. Y gracias a todos los iraníes que apoyaron a Irán con todo su corazón, su voz y su ser durante estos 180 minutos. Deseamos paz, respeto y amistad entre todas las naciones del mundo", decía el mensaje completo
Cultura Roja
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martes, junio 30, 2026
sábado, mayo 30, 2026
El oligopolio en la exhibición cinematográfica y el acceso a la cultura

MANUEL GARCIA PEREIRA
Los cines, tal y como los conocemos hoy en día, surgieron durante la primera década del Siglo XX, en todo momento siendo conocidos como espacios populares y accesibles donde compartir momentos de sociabilidad en torno a un nuevo arte. Es por ello por lo que, en este texto, se buscará hacer un breve repaso de las formas que han ido adquiriendo los cines a lo largo de la historia, y sus implicaciones respecto a la accesibilidad de un arte que históricamente ha sido creado para el disfrute de todo tipo de clases sociales.
A lo largo de la historia ha existido en la industria de la exhibición diferentes grados de concentración y organización, pasando de pequeños barracones en ferias, cafés o salones de variedades, que estaban adquiridos o alquilados por los propios feriantes o empresarios de vodevil, y donde era común que se combinasen las proyecciones con otro tipo de actividades, ya fuese actuaciones o música en vivo.
Rápidamente, debido a su creciente popularidad, el cine se asentó como alternativa de ocio y comenzó a tener espacios más exclusivos. Debido a ello, se convirtió en un negocio comercial urbano, donde las salas se dividían entre los grandes “palacios de cine” situados en el centro de las ciudades, propiedad de grandes cadenas locales, y los cines de barrio, que, aunque tuvieron su periodo de máximo esplendor a partir de los 40, a menudo operaban bajo propiedad de exhibidores independientes. Ambos marcarían por completo la exhibición durante las próximas décadas. Sin embargo, a nivel industrial estructural, la propiedad de estos cines sí que fue objeto de cambio. En su inicio, mientras que en EE. UU. la conformación de los grandes estudios de Hollywood, durante los años 20 hasta los 40, implanta un sistema de integración vertical donde eran dueños de la película, actores y de las salas donde se proyectaban, modelo que dura hasta 1948, momento en el cual se obligó a los estudios a vender sus salas para evitar monopolios, lo cual dio paso a una reconfiguración de los cines hacia una descentralización del sector dirigida a un enfoque de mayor calado local. Esto, en cambio, no se replica tanto en Europa como en España, ya que se observa una mayor heterogeneidad. En España, por ejemplo, encontramos empresas nacionales o familias propietarias de los cines como los Reyzábal con el Cine Callao de Madrid.
Sin embargo, a partir de los años 50, con la decadencia del sistema de estudios y la aparición de la televisión, las salas de exhibición entraron en crisis y se vieron obligados a reestructurarse. Los grandes palacios empezaron el proceso de subdivisión de sus gigantescas salas en otras de menores capacidades de cara a ofrecer mayor variedad de películas, mientras que los cines de barrio aguantaron durante los años 60-70 pero con cada vez también progresivo desgaste. Todo esto en un contexto en el cual la dinámica capitalista de reestructuración neoliberal también observa su reflejo en el sector de la exhibición, ya que a partir de los años 80, con el renacer, expansión y homogeneización del cine como un negocio multimillonario y, ante la decadencia y progresiva desaparición de los modelos hasta entonces vistos, aparecen las primeras cadenas de exhibición, las cuales crearon el concepto de multicines en las afueras y en centros comerciales, promoviendo la actual idea de entender estos complejos como espacio para el consumo exacerbado. Es, por tanto, la dinámica iniciada en los ochenta la que ha ido derivando en la creciente conformación de conglomerados internacionales, y en los cuales su funcionamiento viene determinado por las grandes multinacionales líderes del sector, o donde los fondos de inversión también tienen participaciones. En este sentido, el espacio para cines independientes y de pequeña escala queda relegado a la marginalidad en favor de una industria corporativista globalizada. En este sentido, en España observamos como, por ejemplo, la principal cadena a nivel nacional, Cinesa, filial del grupo Odeon Cinemas Group y perteneciente a la multinacional estadounidense AMC Theatres, que tienen grandes vínculos con fondos de inversión, entre los cuales se encuentran The Vanguard Group o Black Rock, ostenta, según datos de la CNMC, a nivel nacional entre el 20-30% de la cuota de ingresos y espectadores, y a nivel, por ejemplo, de la Comunidad de Madrid, entre el 40-50%. Si a todo ello le sumamos los acuerdos de programación que tiene con empresas como Kinépolis, representan entre ambos el 50-60% de la cuota. Todo ello a su vez se complejiza en mayor medida si rápidamente mencionamos que, añadido a este grado de concentración, también habría que sumarle el del sector de la distribución, para el cual ya en el año 2013 más del 70% de las películas para las grandes cadenas de exhibición, provenía de cinco proveedores, Walt Disney, Warner Bros, Universal, Sony Pictures España, filiales de las grandes “majors” norteamericanas.
Ahora bien, toda esta reestructuración y cambio en el modelo, ¿Qué ha supuesto para la accesibilidad de las clases populares a las salas de proyección? En un intento de observar la evolución del precio de las entradas, teniendo en cuenta la complicación que supone y, apoyándome de un estudio colaborativo de Luis Deltell y sus alumnos, de la Universidad Complutense de Madrid, acerca del precio del entre 1930 y 2012, y en un texto de Luis Alemany, se observa como aquellas entradas que en el año 1958 costaban una media de 19,50 pesetas en cines de estreno o 6,25 en un cine de sesión continua, convirtiéndolas a euros y actualizando a precios del año 2015, como periodo de mayor estabilidad monetaria, observamos que equivaldría a 4,93 euros y 1,64 respectivamente. A partir de estos datos estaríamos observando, por tanto, un encarecimiento del propio acceso a las salas de cine como actividad social y recreativa, lo cual, en los últimos años, dada la inestabilidad económica en que nos encontramos, se ha visto crecientemente agravado, llegando a nivel español a máximos históricos.
Precio de las entradas (1958-2025)

Esto se vería incluso exacerbado si tenemos en cuenta las divergencias que ocurren a nivel nacional, ya que ciudades como Madrid, mayor núcleo urbano, la entrada en un Cinesa en fin de semana puede llegar a alcanzar precios de alrededor de los 12 euros mientras que hacer la misma actividad, según datos de SGAE y BoxOffice, en Burgos rondaría los 7.7 euros.
Es por ello que, en un contexto de cada vez mayor incertidumbre, actividades de carácter lúdico y sociales como la asistencia al cine, aun manteniendo su carácter de mayor accesibilidad de entre todas las artes, ha visto como recientemente se ha ido encareciendo de forma continuada su accesibilidad, todo ello en un momento en el cual el propio sector cinematográfico, tanto a nivel de producción, distribución como exhibición está en una creciente oligopolización derivado de la cada vez mayor competencia de las plataformas de streaming.
martes, mayo 26, 2026
A la venta las primeras entradas de dos conciertos para la Gira de Silvio Rodríguez en España
El icónico trovador cubano, Silvio Rodríguez, ha anunciado una esperada gira en España entre septiembre y octubre de 2026 tras el lanzamiento de su álbum de 2024 "Quería Saber", marcando su primera gira en el país tras años sin venir a nuestra tierra
jueves, mayo 21, 2026
The Mandalorian and Grogu’:cómo ‘Star Wars’ da esperanza para lidiar con los “imperios malvados de la Tierra”
La nueva película de la franquicia, con la que busca redimirse de su larga ausencia en taquilla, lleva al cine la serie de ‘The Mandalorian’ apostando por el actor de moda Pedro Pascal
Pedro Pascal, interpretando al Mandaloriano, junto a Grogu Disney
Francisco Gámiz
20 de mayo de 2026 22:33 h
Actualizado el 21/05/2026 05:30 h
Pedro Pascal necesita tan solo diez minutos para erigirse como uno de los principales salvavidas del Hollywood más taquillero , una estimación del tiempo que se le ve el rostro al actor chileno en The Mandalorian and Grogu, la nueva apuesta de Star Wars para los cines después del éxito de la serie en Disney+. Cubierto por una armadura y un casco metálicos durante prácticamente toda la película, Pascal es la nueva baza de la franquicia galáctica en su regreso a la gran pantalla tras el estreno de Episodio IX - El ascenso de Skywalker en 2019, que no tuvo la acogida esperada.
El actor, que alcanzó la fama tras su participación en Juego de Tronos, y que desde entonces ha protagonizado títulos de enorme tirón como Gladiator II o The Last of Us, se ha convertido en una figura clave dentro del universo de Star Wars. De su primera inmersión en la saga hace ya casi siete años, cuando empezó a interpretar a Din Djarin, el Mandaloriano, en la serie The Mandalorian. A aquello le sucedieron hasta tres temporadas y la continuación que llega ahora a la cartelera en formato de película. Pero Pascal no está solo: Sigourney Weaver, que viene de retomar su personaje en Avatar el año pasado, también forma parte de la cinta.
Este es el debut de Weaver en la franquicia. La actriz, un referente en la ciencia ficción por su papel en la saga Alien, considera que al público le siguen atrayendo historias ambientadas en el espacio porque “tienen lugar en el futuro” y “aún no hemos llegado a ese punto”. “Seguimos teniendo la esperanza de que habrá un futuro en el que nos adentraremos en el espacio”, dice la actriz. “Espero de verdad que lleguemos a ese punto. Tenemos que lidiar con algunos imperios malvados aquí en la Tierra antes de que podamos trabajar todos juntos y enviar naves tripuladas por hombres y mujeres al espacio, para averiguar así si hay otros seres ahí fuera. Y estoy bastante segura de que los hay”, reconoce.
Pedro Pascal, en 'The Mandalorian and Grogu' Disney
Sigourney Weaver muestra satisfacción ante el hecho de que “en Star Wars en particular, todo el mundo, sin importar cuántas cabezas o colas tengan, es capaz de llevarse bien”, señalando que es una “visión muy esperanzadora y optimista del futuro”. Pedro Pascal, por su parte, afirma que se alegra de que la primera película de la saga se titulara Una nueva esperanza. Este, además, alude a su fenómeno fan: “Lo que más me llama la atención es cuando la gente se disfraza con esos trajes increíbles, recordándote lo que es Star Wars y todas sus diferentes culturas. Eso es lo más importante, porque ves a los buenos, a los malos y todo lo que hay entre medias”.
“Hay un amor por la narración que se materializa ante ti gracias a la gente que disfruta de estas historias. Me encantó que, cada vez que iba a por un café o preguntaba dónde estaba el baño, siempre me respondían: 'Este es el camino'”. El actor se refiere al lema más icónico de la cultura mandaloriana, popularizado precisamente por la serie The Mandalorian. Se trata del nuevo “Que la fuerza te acompañe”, una de las frases más populares de Hollywood en las últimas décadas, y es una de las grandes incorporaciones del Mandaloriano al imaginario de los seguidores de La guerra de las galaxias.
Una película para aquellos que no son fans
La película, dirigida por Jon Favreau, sigue al Mandaloriano y a Grogu —una criatura pequeña y vulnerable de la que asume la protección— en un momento en el que el antiguo Imperio galáctico ha caído y la frágil Nueva República aún no controla los márgenes del universo. Al personaje de Pedro Pascal, un contratista independiente para este nuevo gobierno, se le encomienda la tarea de localizar y neutralizar a los altos mandos imperiales que aún operan en la sombra y amenazan la paz. Este argumento, que puede despistar a quien no está al tanto de las complejas intrigas políticas de la saga, apenas es esencial en una cinta pensada para que cualquiera pueda disfrutarla.
Pedro Pascal y Sigourney Weaver, en 'The Mandalorian and Grogu' Justin Lubin / Disney
Pedro Pascal destaca que el protagonista “siempre está en modo de supervivencia total”: “Siempre está en algún tipo de misión que se convierte en una aventura increíble y emocionante, a veces totalmente peligrosa. En este caso, sí, está en un buen lío con algunos de los villanos más icónicos del mundo de Star Wars. Y es una auténtica delicia poder trabajar en todo esto”. El actor detalla que se sintió “totalmente arropado” por la “habilidad de todo un equipo de personas que son las mejores en el sector”. “Simplemente, te sumerges de lleno, literalmente”, dice Pascal, que hace referencia a una de las escenas de la película.
El intérprete, además, asegura que esta es la “relación creativa más duradera” que ha tenido. “Es el tiempo más largo que he interpretado a un personaje y en el que he colaborado con gente increíble. Que sea Star Wars es muy apropiado porque crecí viendo Star Wars. Mis primeros recuerdos de ir al cine son de ver Star Wars”, apunta Pascal, agregando que es una “avalancha de regalos poder estar asociado a algo tan especial como esto”, así como “compartirlo y disfrutarlo con tanta gente”. Asimismo, celebra haber tenido la oportunidad de sentarse al lado de una de sus ídolos, Sigourney Weaver. “Favreau sigue contratando a gente increíble para incorporarla al proyecto”, comenta.
Weaver, por su lado, asevera que el rodaje “fue muy emocionante”, sobre todo durante la escena en la que pilota la mítica nave X-Wing de la saga. “He estado en diferentes naves espaciales, pero ninguna que se moviera tan rápido ni ninguna que fuera tan ágil. Fue realmente como un sueño hecho realidad”, declara la actriz. “Jon Favreau, al haber sido un actor maravilloso, tiene mucha experiencia y es muy bueno seleccionando el reparto. Si te da indicaciones, es solo una ayuda técnica. Por lo demás, lo que te transmite es confianza y fe en que vas a salir adelante”, concluye.
jueves, mayo 14, 2026
Muere El Cabrero, el cantaor al que el miedo hizo rebelde y no borrego

Se llamaba José Domínguez y había nacido en 1944 en Aznalcóllar, Sevilla, pero todo el mundo del flamenco lo conocía por el sobrenombre de El Cabrero, con el que llegó a convertirse durante los años 80 en la figura del cante jondo con más proyección internacional. Era cantaor y cuidaba a sus cabras, lo que siempre había querido hacer. Nunca buscó otra cosa: ni publicar discos, ni hacer giras lejos de casa, ni conceder entrevistas.
Su cante, atávico y anarquista, se ha apagado el 13 de mayo de 2026 en el Hospital San Juan de Dios del Aljarafe, como ha comunicado su hijo El Crespo Zapata, también cantaor, a través de Facebook: “Con todo mi dolor tengo que comunicaros en nombre de mi familia el fallecimiento de mi padre, El Cabrero. La capilla ardiente se instalará en el Teatro Municipal de Aznalcóllar. Sabemos lo que supone esta pérdida para muchos de vosotros”.
“No levantaba ni dos palmos del suelo y ya me rebelaba contra lo que veía injusto”, aseguró en una entrevista de Israel Viana en El Salto en 2017. Por eso quiso que su arte se convirtiera en un arma de doble filo con la que criticar los abusos del poder y reivindicar el papel de los oprimidos. Eso fue lo que le encasilló como “cantaor político” o “fenómeno social”, ganándose sobrenombres tan ridículos como el de “cantaor de la Transición” o el Johnny Cash del flamenco. Apelativos que él siempre rechazó, pero que ayudaron a agrandar su leyenda a lo largo de casi cincuenta años de carrera.
“Algunos dicen que soy un cantaor político, pero los políticos son los que comen del pesebre y se hacen fotos con los que mandan, y no yo, que lo que hago es cantar lo que siento y guardar cabras. ¿Que si creo que me ha perjudicado? No es que lo crea, lo sé. Pero eso lo sabía desde el primer día y no me arrepiento”, razonaba con convencimiento en aquella ocasión, cuando con 72 años todavía sacaba todos los días a sus cabras, si no se encontraba de gira. Un par de años después se retiró de los escenarios tras sufrir un ictus.
En los años 90 participó en los festivales de world music y jazz más importantes del mundo, compartiendo cartel con artistas como Chick Corea o Gilberto Gil. En 1993, Peter Gabriel lo incorporó a su gira por Estados Unidos. Pero la primera vez que a José Domínguez le ofrecieron grabar un disco, lo rechazó. Para qué grabar un disco si él no quería abandonar el oficio de cabrero. Si aceptó lanzarse a aquella vida ajetreada de focos y festivales fue, al principio, por necesidad. Tras ese primer rechazo, Pepe Carrasco —asesor de la discográfica Belter, letrista de Camarón y de casi todas las figuras de la época— tuvo que esperar hasta 1975 para proponérselo de nuevo y conseguir que firmara.
El acuerdo al que llegaron consistió en realizar aquel álbum a cambio de que la discográfica le pagara los gastos de la clínica a su compañera, Elena Bermúdez, en el parto del primero de sus tres hijos. Así lo recordaba en aquella entrevista: “Yo no tenía interés en grabar, solo quería vivir dignamente con lo que dejaban las cabras, pero, qué va, era imposible. No teníamos ni para pagar un médico. Yo no podía consentir que Elena diera a luz en esas condiciones y no lo dudé. ¿Que cómo me sentí con aquel trato? Como el que ha hecho lo correcto. Elena estuvo bien atendida y sobraron algo más de mil pesetas, que nos hacían mucha falta, pero para que el trato se cumpliera, se las dejamos de propina al personal”.
En la canción “Como el viento de poniente”, El Cabrero habla de sí mismo como de una oveja negra que supo esquivar las piedras que le tiraban a dar. “Y entre más pasan los años, más me aparto del rebaño, porque no sé a dónde va”, expresa en la letra sobre su alejamiento voluntario de lo que se espera de un cantante famoso. “Mis letras son el retrato del mundo que he trillado, a fuerza de echarle pasos”, explicaba a El Salto, subrayando además que lo que cantaba era atemporal: “Parece que estamos dándole vueltas a la noria, como el mulo, con los ojos tapados. Por ejemplo: ‘Que devuelvan el dinero, que se llevó el capital, que están ricos los banqueros y también la patronal, esa que explota al obrero’. Yo lo veo así”.
En 1982 acabó con sus huesos en la cárcel tras una actuación en Alcolea del Río, condenado por blasfemar tras soltar un “me cago en dios”. “Fue un momento muy duro, yo no me sentía culpable de nada”, recordaba 35 años después y aseguraba haberse sentido muy enfadado e impotente. “Me encerraron porque era yo, no por lo que dije. Allí no hubo ningún escándalo público. A los pocos meses me volvieron a contratar y, cuando me fui a disculpar, los aplausos no me dejaron terminar. Hubo mucha movilización social y, en vez de dos meses, solo estuve tres semanas en la cárcel”.
No fue la única ocasión en que El Cabrero durmió entre rejas. Su reivindicación de las cañadas, veredas y abrevaderos públicos usurpados por los terratenientes y otros agricultores también le ocasionó encontronazos con las autoridades. “Comencé a reivindicar las vías pecuarias en 1974. Ni los abogados sabían qué eran las veredas, pero yo sí. Y ganamos todos los juicios, que fueron muchos. Durante años estuve solo, con la ayuda de Elena. Y la cosa llegó hasta las Cortes y al Parlamento de Andalucía. Y luego llegaron los ecologistas… ¡Yo sé bien las veces que acabé en el cuartel de la Guardia Civil y ante el juez!”, contaba a El Salto en 2017.
Sus padres le decían de pequeño que las paredes oían. Por eso nunca le hablaron en casa de sus dos tíos fusilados por ser republicanos. Ni de un tercero que tuvo que huir a Francia tras la guerra. Tampoco de cuando su madre —la misma que le llevaba de niño a escuchar a Pastora Pavón, Fosforito, Pepe Pinto o Juanito Valderrama— fue obligada a ingerir aceite de ricino, rapada y paseada por el pueblo como a una bestia. Durante su infancia todo era miedo a su alrededor. Un miedo que forjó su carácter y su carrera.
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