Desde que la salsa en tanto que modalidad musical con particulares características integracionistas y caribeñas saltó la barrera de las “clases sociales” para instalarse en el gusto planetario se sigue discutiendo acerca de su ubicación en los términos clasistas, odiosos, esos que continúan tratando de perpetuar la discriminación, aún la cultural.

24 de agosto de 2026 Hora: 13:16
Desde hace ya un buen tiempo intentamos analizar el tema que sigue en la pelestra del análisis, y esto señalamos:
Toda discusión en torno a los elementos populares de la cultura pasa por el mundo de los conceptos. La salsa, por supuesto, ha atravesado ese umbral sin que se definan en ella y a través de ella, qué tiene de cultura y qué de popular. Para muchos la discusión se centra en la palabra salsa, en quien toca mejor el trombón, o quien fue el primer arreglista de Fania, obviando un problema de fondo que ya parece hacer crisis sin que aparezca la tabla salvadora. De su irreverencia natal a nuestros días, hemos asistido a una rodada cuesta abajo en términos de calidad evidente y significación. Y sobre todo, paradojicamente, de argumentos. Mientras tanto, el proceso que la inscribe dentro de los parámetros de movimiento y tendencia sigue sin estar claro. Es que no terminamos de decantar el mecanismo de discusión que la centre, si es que ello es así, en los territorios de la Cultura Popular.
La cárcel Sexteto Juventud
La definición es necesaria. Solo así tendremos el soporte para reflexionar en torno a si la salsa se corresponde con la cultura y con lo popular del Caribe, como muchos de los ritmos que la han nutrido. Y sabremos además si ella entra en los parámetros de cultura popular, porque, ciertamente, unir los dos conceptos es asunto serio cuando se trata de música; mucho mas cuando ella ha sido generada en centros urbanos, masivos.

Observando
Todos los tratados o manuales de Folclore abordan las definiciones de Cultura y de Popular. No hemos encontrado esas definiciones en los libros de Salsa que han llegado a nuestras manos. Pero las definiciones existen y aparecen sistemáticamente en Venezuela, Cuba, Puerto Rico o Colombia.
Esos tratados de Folclore, escritos no pocas veces por manos indecorosas, llegan, aún así, a manejar algunas variables de lo que implica el término “popular”.
En primer lugar señalan que lo popular ya lleva implícita una visión global de la vida, y hasta cósmica. También afirman que lo popular tiene un sello de clases. Añaden que lo popular no lo es tanto por su origen como por sus funciones y uso.
Mi Jaragual. Ismael Rivera
Durante mucho tiempo el área del Caribe, definida admirablemente por Juan Bosch como “Frontera Imperial” ha visto el fuego cruzado de eternas discusiones, ganadas usualmente por quienes detentan el poder económico, político y social. La visión que el pueblo pueda tener de su entorno, de su historia, de sus circunstancias queda velada por ese poder que se impone sutil, o expresamente, según el caso. Y es así como se han confundido los conceptos de Cultura Popular y Cultura de Masas. La Cultura de Masas, finamente trabajada es presentada como Cultura Popular. Sustentada sobre conceptos que se definen universales ella tiene en los Medios de Comunicación su principal herramienta difusora.
Usando los elementos y riqueza de la Cultura Popular integra a esta en sus mecanismos de producción y da nacimiento al espejismo, en un pueblo que cree que es su cultura la que se expresa, cuando en realidad se trata de otra cosa. Así se acepta de hecho, aunque con ignorancia, la dominación.
La salsa, como expresión caribeña es fiel reflejo de esta contradicción y de esta maquinaria.
Son cepillao con Minué. Guayacán
Conviene recordar acá que la salsa se ha nutrido no solo de géneros musicales, sino de lo que implican: instrumentos, religiones, poesía, sufrimiento, esclavismo, colonialismo, resistencia. La expresión de esa historia escrita a sangre y fuego, con coraje y rebeldía está en la música que ofrece al mundo como síntesis de su historia. Esa historia no quisieron reflejarla los consorcios discográficos y mercantiles que la usufructuaron.
De una forma de esclavitud pasamos a otra, peor, sin mayores límites para su permanencia. Si antes fue el Conquistador o el Mayoral ahora asistimos al desarrollo de una industria cultural que comercializa expresiones a través de los Medios, del espectáculo y del disco, utilizando lo que ha terminado siendo de una heroina a una vasalla: La radio y con ella los medios digitales dispuestos a todo lo que sea explotación.
Se ha echado a andar un plan que comercializa a la cultura como mercancía para el consumo masivo. Y esto no es gratis. Con este peligroso mercadeo la cultura como producto va definiendo una suerte de identidad. Y esa identidad de consumo parece dominar todos los espectros de la vida cultural, con énfasis en la popular.
Para nadie es un secreto que con la invención de la radio, el cine, el disco, la televisión y las nuevas tendencias digitales el sistema económico capitalista se adueñó del tiempo de ocio de los trabajadores… porque se dio cuenta de que le resultaba rentable.
Por esa vía comenzaron a fabricar modelos que dieran solidez al consumo en el ocio y a la práctica de la alienación y el conformismo.

Tema
La famosa industria cultural, pues, conserva y reproduce las pautas que se ajustan al sistema que la genera, dominantemente capitalista.
Los Compadres (copia del original cubano)
La salsa, lamentablemente, no ha escapado a este mecanismo. Sin respeto por sus raíces, su historia, o tal vez por ello mismo, fue asimilada por la industria del ocio dejando, por lo que de popular tiene, buenas ganancias comercializadoras.
Ciertamente la salsa como expresión de un modo de ser ha ganado la pelea en eso de conservar la base idiomática y un cierto formato musical, poco suceptible de ser transformado por la Industria. Formato en el que, sin embargo, se han venido observando los elementos que ya evidencian crisis: economía en la contratación de músicos y arreglistas que determina a la postre el mismo sonido para todos, blanqueo de rostros y énfasis en cierta estética, evidenciándose así mas interés por el mercadeo de imagen, sobre todo de cara a la televisión y al video que por la música misma, poca utilización de los nuevos recursos autorales y en contraposición explotación desmedida del repertorio ya existente, venga de donde venga, y edulcoramiento de temas, arreglos, voces y figuras en consonancia con la intención política dominante que rige estas horas. Nuestras horas.

La salsa, en crisis de identidad e intenciones, aunque parezca mentira sigue de parto. En el Caribe mismo están las herramientas para el nuevo alumbramiento. Han transcurrido decenios y estamos en una etapa de madurez que nos obliga a ser consecuentes con la historia y a no claudicar frente a los perversos mecanismos que siguen tratando de desdibujar nuestra identidad. Para la salsa tampoco hay 3E.
Autor: Lil Rodríguez
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